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                          14 - HABLAR EN PUBLICO

                          Le han pedido al hijo que dé una charla en su antigua «alma maater» a los alumnos de empresariales. Acepta inmediatamente. Pero luego, la idea de tener que hablar ante un gran número de personas empieza a angustiarle. El pensar en ello le tiene medio muerto de miedo.

                          Me alegra mucho el saber que uno de tus antiguos profesores te ha invitado a dar una charla a los alumnos de último curso sobre el tema de tus experiencias en estos primeros años dentro del mundo empresarial. Debe de haberse hecho una elevada idea de ti cuando estabas en la universidad (aunque he de decirte que tus notas no me hubieran inducido a mí a hacérmela en aquella época). De cualquiera de las maneras, es una satisfacción que te habrá llenado de orgullo, lo que no deja de estar justificado; pero ahora que tu mente ha vuelto a la normalidad, temes estar poco preparado para salir airoso de tan distinguida misión.

                          La impresión que tienes ahora del mundo empresarial en comparación con la que tenías cuando asistías a la universidad, es algo en lo que yo no puedo ayudarte. Esos pensamientos son propiedad inalienable tuya. (Mi única suposición al respecto es que acaso digas a tu audiencia que nunca se te ocurrió que algún día tendrías que trabajar para un tirano como tu padre. Si lo dices, recuérdales también que el mundo empresarial está lleno de tiranos. Se les llama jefes, término no muy utilizado en los círculos universitarios.)

                          Todavía desconocemos qué tal vas a resultar como orador, pero hay otras cosas que conocemos con plena certeza. Por ejemplo, sabemos que tienes el primer ingrediente básico: una boca; el segundo ingrediente, una mente (al menos la tenías hasta ahora); y en tercer lugar, dos pies sobre los que mantenerte erguido.

                          Hablemos de la boca en primer lugar. La forma en que hagas salir de tu boca las palabras es muy importante. Ejercítate en pronunciar las palabras con claridad suficiente para que el público entienda fácilmente lo que dices. He tenido ocasión de asistir a charlas en las que el disertante trataba un tema verdaderamente brillante, pero de las que no entendí nada, puesto que no había manera de captar muchas de sus palabras o expresiones. Si los oradores carecen de una buena dicción, de una articulación clara de las palabras o de suficiennte volumen de voz, pueden echar a perder su discurso, pues resulta virtualmente imposible oírles.

                          Prepara ahora tu charla, ya que precisarás tiempo para ensayarla.

                          Empieza por leerla en voz alta y pide a alguien que la escuche y te diga qué palabras no tienen la suficiente claridad. Si hay algunas palabras en las que pueda trabársete la lengua, cámbialas por otras más cómodas de pronunciar.

                          Una vez que hayas pulido tu charla y tu dicción hasta el límite de tu capacidad, practica la forma de estar de pie detrás de un atril (el paje del dormitorio puede servir) y ante un micrófono (puedes usar cualquier cosa para simular el micrófono, pero que no te quede a más de 20 cm. de la boca). Suelta ahora la charla ante un espejo y procura que tu boca no se aparte más de 15 ó 20 cm. del micro, pues de lo contrario tu voz subirá y bajará como un yoyó, pasando del voluumen del rock duro al de una nana, y tus oyentes tendrán dificultad en seguir el hilo de lo que les dices. Manténte equilibrado sobre ambos pies, sin balancearte ni inclinarte hacia adelante: esto distraería al público, que seguro que no querrá perderse ni una palabra de tu apasionante conferencia.

                          Los oradores verdaderamente buenos tienen una flecha mas en su carcaj :
                          LATECNICA DE LA RESPIRACION.

                          Haz una inspiracion profunda y di una frase completa * o una oracion completa de una frase larga , de una vez , no empieces , repito , no empieces una frase falto de aire , para luego quedarte sin resuello a mitad de ella es una forma horrible de hablar. Llegar a tener una buena técnica respiratoria y de emisión de voz es una de las habilidades más difíciles de adquirir para cualquiera que esté interesado en ser un orador medianamente bueno, y exige una práctica constante, preferentemente ante el público.

                          La práctica en casa es vital, naturalmente, pero no se parece en nada a la realidad, puesto que (a menos que seas diferente de la mayoría de los seres humanos normales) al inicio de tu charla en público, te vas a sentir considerablemente nervioso al verte ante un montón de personas a quienes tienes que dirigirte. Pero no te preocupes. Gran parte de ese nerviosismo desaparece con la experiencia. Mientras tanto, esfuérzate por dominar tus nervios lo suficiente como para poder respirar libremente. (Yo lo pasaba fatal al principio; me daba vergüennza y me sentía con una falta total de personalidad, cosas ambas que tú puedes experimentar o no. En caso afirmativo, lo único que puedo decirte es que cada vez que se intenta resulta más fácil.)

                          Una de las mejores posturas que puedes adoptar a este respecto es hacerte socio del Toastmasters, grupo dedicado a la práctica de la oratoria en público. Probablemente es el mejor tipo de formación que puedas conseguir, ya que la mayor parte de ella se centra en ganar experiencia mediante la práctica de la oratoria ante un grupo de personas, en este caso compañeros de clase, todos los cuales están allí por la misma razón que tú: para aprender, practicar y perfeccionar la forma de hablar en público. Muchos asistentes a estos cursos me han confesado que sólo gracias a ellos fueron capaces de vencer sus temores y no ponerse nerviosos cuando han de ocupar la tribuna de oradores.

                          Te estarás preguntando, al igual que lo hace todo el mundo, por qué diablos hay que ponerse tan nervioso antes de hablar en público. Dado que es algo por lo que han de pasar hasta los mejores, acaso sea solamente para reafirmar que todos somos humanos. Sea cual sea la razón, el hecho es que se trata de algo para lo que hay que estar preparado. Depués de todo, allí te encuentras de pronto, en todo lo alto de la tribuna con un micrófono plantado delante del bigote, los focos centrados en ti, y tú solo ante un enjambre de personas que esperan a ver qué tienes que decirles. Para la mayoría de nosotros es un terreno bastante desconocido, una tarea ingrata. ¡Pero hay algunos trucos!

                          Una forma bastante sencilla de dominar esas rodillas que no dejan de temblar y ese corazón que pretende salirse por la boca, connsiste en colocar con fuerza las manos a ambos lados del atril. Te sorprenderá el apoyo físico que esto representa. Otro pequeño truco es considerar que todos los componentes de la audiencia son amigos ansiosos de escuchar lo que vas a decirles. A fin de cuentas, y aunque no lo sean, se han reunido con la finalidad expresa de oírte. Y otro truco más: dirígete cada vez a una sola persona.

                          No obstante, mejor que ninguno de estos trucos es lo que recomienda un viejo amigo mío. Advertirás que gran parte de tu nerviosismo desaparece después de sólo dos charlas en público, si, y éste es otro «si» muy grande, cuando vas a hablar tienes la tranquilidad de saber que te has preparado, has redactado un buen texto y, consecuentemente, ahora tienes algo valioso que decir. Luego sólo tienes que bajar del podio y aceptar los corteses y placenteros cumplidos de tus oyentes, porque te los has ganado. Y una vez que hayas llegado a este nivel, habrás dejado atrás todas las barreras que se oponían a tu progreso en el arte de hablar en público. Es una sensación particularmente agradable ésta de saber que son tus palabras las que quiere escuchar el público, que es de tus opiniones o experiencias de las que quieren que les hables. ¡Esta es la máxima aspiración de cualquier orador!

                          Un buen orador no debe adoptar actitudes magistrales ante su auditorio; antes al contrario, hace que sus oyentes se sientan a su missmo nivel, y respeta su interés e inteligencia. Y además lo hace a los pocos segundos de empezar, consiguiendo así que su audiencia esté con él durante toda la charla.

                          Cuando te encuentres frente al público, verás y sentirás bastante pronto si está contigo. No es difícil, créeme. O todos los ojos están fijos en ti y nadie deja escapar una tos; o son muchos los que tosen y se revuelven en la silla, hablan con su vecino o se pasan papeles descaradamente. No hace falta tener el cociente de inteligencia de un genio para darse cuenta de cuándo ha perdido uno al auditorio. En caso de que te suceda esto, apúntate un aprobado raspado corno premio a tu esfuerzo, y analiza qué fue lo que falló.

                          No hay mejor sensación que la de saber que se está pronunciando un discurso bueno y que agrada al auditorio. Tampoco la hay peor que la de darse cuenta de que se está fracasando. ¿Cuál es el factor que separa invariablemente una de la otra? Fácil. La cantidad de traabajo dedicado a preparar el discurso. (Lección valiosa que debe aprenderse con respecto a todas las cosas de valor que quieran hacerrse en la vida.)

                          Los más ingeniosos oradores son maestros en el arte de aprender mientras actúan, y uno de sus mejores métodos de hacerla es mediante el turno de preguntas y respuestas al final de la charla. La participación de los oyentes mantiene ocupada la mente del orador y de éstos; le facilita información sobre los pros y los contras de sus observaciones y le llama la atención sobre extremos que ha dejado sin tratar o ha tratado de forma superficial. También suelen producirse comentarios completamente opuestos a alguno de los puntos de vista del orador, y si los de éste resultaban demostrable mente erróneos, tanto el orador como una gran parte de sus oyentes saldrán del acto con más conocimienntos que los que uno u otros esperaban. Y así es como deben ser las cosas, pues no creo que ninguno de nosotros ha adquirido ya todos los conocimientos que hay por adquirir en este planeta; y muchas veces el mejor método para aprender es tener los oídos abiertos y la boca cerrada.

                          Algunas personas dejan de aprender el mismo día en que abanndonan la escuela o la universidad. Los que, en cambio, siempre están ansiosos por hacer algo o por hacer más mientras están en este mundo, dejan de aprender el mismo día en que mueren.

                          Tu madre te ha cosido los botones del chaleco. Parece que los hiciste saltar de satisfacción cuando te invitaron a hablar. Procura que no vuelvan a salir danzando cuando recibas la primera salva de aplausos.


                          Con todo el cario de
                          Un miembro de tu admirado auditorio